Más allá de los intereses de la salud, de la psicología, la economía. la ética y aún el karma, el vegetarianismo posee una dimensión espiritual más elevada que puede ayudarnos a desarrollar nuestra apreciación natural y amor por Dios. Existe en la gente una tendencia a olvidar una verdad básica de la naturaleza: no es el hombre
sino Dios quien produce el alimento.
Hay algo místico en la forma en que crecen los alimentos; usted pone una pequeña semilla en la tierra, esta germina y por la misteriosa fuerza viviente dentro de ella, aparece una fábrica de alimentos, una planta de tomate produce docenas de sabrosos tomates, un árbol de manzanas produce una enorme cantidad de dulces manzanas,
etc. Ningún equipo de científicos en ninguna parte ha inventado todavía algo tan asombroso como la más simple creación verde de Dios.
Una vez que admitimos que la vida proviene de la vida, es razonable suponer que toda la vida se origina de una misma fuente viviente, el único Señor Supremo, conocido por los musulmanes como Alá, por los cristianos como Jehová, por los judíos como Yahve
y por los seguidores de los vedas como Krishna.
Entonces, por lo menos deberíamos ofrecer nuestros alimentos a Dios como cuestión
de gratitud.
